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LA INCERTIDUMBRE DE AYER, DE HOY Y DE SIEMPRE

rondamedio

Fotografía de Paula Feest


Recuerdo cuando escuché el primer caso detectado de Covid19 en nuestro país. Se trataba de un hombre de 43 años que había estado en Italia. Por ese entonces, pensábamos que era solo cosa de personas que habían viajado al exterior y que se trataban de casos aislados, no hacía falta tomar recaudos y nuestras vidas parecían no verse afectadas. Pero los días pasaron y la cuarentena se hizo presente. Jamás imaginamos que el virus se expandiría con tal magnitud y que causaría un efecto dominó de contagio, hoy ya de manera comunitaria.


El aislamiento social obligatorio se convirtió en rutina como nunca antes y nos trajo nuevas sensaciones e interrogantes que cambiaron nuestras formas de sentir y hacerse sentir y que además, nos recordaron que somos seres frágiles pero ante todo finitos. De este lado del mapa, la mayoría de las sociedades tienen una relación casi tabú con la finitud, con la muerte. Tanto es así que parecía que se nos hubiese olvidado el principio básico de nuestra condición de ser.


Si bien la cuarentena no nos encontró a todos por igual, particularmente en lo económico como en lo social (no todxs tenemos los mismos recursos y confort para quedarnos en casa), si me animo a decir que nos encontró similares en lo afectivo. Es verdad, es sumamente difícil ponerse en el lugar del otrx, sentir lo que otrx siente. Sin embargo, hoy por primera vez en el siglo XXI sentimos algo en común y al unísono, algo que sí nos rodea a todxs por igual como sociedad: la exacerbada incertidumbre. Incertidumbre a perder nuestros seres queridos, nuestros trabajos, a no saber si nos vamos a contagiar o no, a no saber dónde se esconde el virus y cuándo se desarrollará una vacuna efectiva, pero, sobre todo, a no saber qué va a pasar mañana, algo que en realidad nunca supimos con exactitud pero que creíamos saber, que creíamos tener controlado bajo nuestra manga como sujeto cartesiano que somos. Y la pandemia nos dio un golpe bajo. Puso sobre la mesa que no sabemos nada o que en realidad no teníamos consciencia de lo que podemos llegar a saber.


La misma vorágine del día a día hacia que no paráramos un segundo a pensar acerca de lo que hacíamos y lo que no, de lo que sentíamos y lo que no. Estábamos en automático reproduciendo una y otra vez la misma canción. Esa que ponemos sin cesar hasta el cansancio. Fue el coronavirus entonces quien la detuvo, quien cambió la pista dando vuelta nuestra vida y agendas: reuniones canceladas, citas postergadas, proyectos inconclusos. Todo aquello que de alguna manera el ser humano planificó (aquellxs que tenemos el privilegio de poder hacerlo) hace unos meses atrás y creía tener organizado o pactado, se paralizó de un momento a otro generando inseguridades e inquietud, todo se nos escapó de las manos volviéndose líquido.

A pesar de ello, la incertidumbre también pasa por ver desvanecer aquello que antes tenia forma. Hay muchas cosas sólidas, materiales que dábamos por hechas y hoy extrañamos y anhelamos volver a hacer y que necesitan de cierta estabilidad para la configuración de los procesos sociales y la formación de nuestra subjetividad y podría decirse de la identidad de hecho. ¿A caso el ejercicio de la libertad no dimensiona nuestra propia identidad? Desde ya, entonces el encierro se encuentra modificando nuestro propio ser y sentir pero particularmente porque todo lo que hemos conocido hasta ahora lo hemos hecho desde y a partir del mundo material racionalizado. Desde el abrazo al ser querido hasta el tedioso viaje a la facultad, el trabajo o cualquier actividad cotidiana en comunidad que requería presencialidad. Hoy nos angustia no tener todo aquello. Nos angustia la falta de una creencia fuerte que nos dé respuesta a todos los interrogantes que creíamos conocer pero principalmente, nos angustia no saber cuándo volveremos a sentir y si volveremos realmente a nuestra vida pre pandemia sin ningún tipo de incertidumbre que nos envuelva y desvele provocando malestar y controversias.


Por otro lado, este tiempo nos trajo nuevas experiencias de relacionarnos con el mundo, nuevas sensaciones que son mediatizadas por una pantalla y si no es la pantalla por una distancia de dos metros que nos dispone y propone de una manera totalmente diferente y desconocida frente a otrx. Los primeros días de aislamiento, nos encontrábamos y se nos resbalaba el apretón de mano, el abrazo o incluso el beso. Luego vino una segunda etapa de enojo: por qué te distancias sino tengo el virus. Hoy a más de cien días de cuarentena y en pleno pico de contagio y de récords de casos positivos, entendimos e incorporamos ciertos códigos que damos por hecho y tratamos de respetar lo más posible exigiendo al otrx que también los cumpla. Si bien las sociedades construyen sentidos, códigos y creencias que permiten ahogar la angustia de lo desconocido, del sinsentido, de lo inesperado aún sigue faltándonos algo, algo que encaje y permita la construcción de lo real compartido, esa experiencia palpable que generaría certezas y más seguridad en nuestra vida cotidiana.


Zizek Slavoj abre su libro Pandemia, el Covid19 sacude al mundo con una reflexión acerca de la consigna No me toques y augura la esperanza irónica de que el distanciamiento corpóreo incluso fortalecería la intensidad de nuestro vínculo con los demás. Es sólo ahora, cuando tenemos que evitar a muchxs de lxs que están cerca de mí, que yo experimentaré plenamente su presencia, su importancia para mí. Si es que tenemos tales momentos, llamados por el autor, de proximidad espiritual. Además, se pregunta, ¿cómo nos ayudará esto a lidiar con la catástrofe en curso? ¿Aprenderemos algo de ello?. Al igual que Zizek pienso que no aprenderemos nada de ella ya que todo lo que hacemos: respetar la distancias, ponernos barbijos, desinfectar cada producto, entre otras actividades, lo hacemos en post de que vuelva a ser todo como antes, (como si eso fuera posible), para volver a la vieja “normalidad”. Nos mentimos a nosotrxs mismxs para no asustarnos tanto ante los nuevos actos de lo que si sería la nueva era de normalidad, es más, desconfiamos de ella (aunque estemos transitándola hoy y ahora). O tal vez es la única creencia que nos mantiene unidxs y aisladxs al mismo tiempo sin tener en cuenta la oportunidad de como sociedad, junto al sistema en el que estamos envueltxs, mejorar un poco aunque sea, de establecer efectivos lazos sociales duraderos de cooperación y solidaridad entre nos y entre las demás sociedades, y de no esperar certezas y aceptar la incertidumbre como parte de nuestra vida ya que es algo propio de nuestro ser que no podrá desaparecer nunca.


H.B.

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