Son discriminadas, excluidas y estigmatizadas. Las personas travestis, transgénero y transexuales tienen una expectativa de vida de 35 años y solo algunas provincias de nuestro país tienen el cupo laboral travesti trans. Entre ellas se encuentra Buenos Aires, Chubut, Río Negro, Chaco y Santa Fe. Sin embargo el colectivo asegura que la ley no se cumple y que aún se necesita de su aprobación y reglamentación a nivel nacional.
La Ley N° 14.783 del cupo laboral travesti trans de la Provincia de Buenos Aires que se sancionó en el 2015 y luego se reglamentó en el 2019, “establece reservas de puestos de trabajo a personas travestis, transexuales y transgénero que reúnan las condiciones de idoneidad para el cargo con el fin de promover la igualdad de oportunidades en el empleo público”. Un mes después del mismo año de su sanción asesinaron a la impulsora de esta ley, Diana Sacayán. Fue un travesticidio.
En la actualidad el colectivo sigue en lucha por el cumplimiento de sus derechos, su integración en las instituciones y en la sociedad. Una de las voceras de la lucha travesti trans en Buenos Aires es Florencia Guimaraes García. Ella vive en el Municipio de La Matanza, es activista travesti, secretaria de géneros de la CTA de La Matanza y pertenece al colectivo Furia Trava.
En una sociedad en donde ser travesti y trans es razón de rechazo y burla, Florencia trabaja todos los días para cambiar su realidad y la de todas sus compañeras. Ella es trabajadora del poder judicial en el Centro de Justicia de La Mujer en la Ciudad de Buenos Aires y recientemente fue nombrada como Directora de diversidad sexual en el Municipio de La Matanza. “En los medios siempre fuimos motivo de burla desde la victimización y la ridiculización, donde siempre seguimos atadas a nuestra genitalidad”, asegura.

Florencia cuenta cómo es la realidad de la comunidad travesti trans en Argentina. “Como se vive hoy e históricamente, la realidad es que mucho no ha cambiado en profundidad. No solo en Argentina sino a nivel latinoamericano. Si nos situamos en nuestra realidad trava y sudaca, tenemos la misma realidad que en Europa y en otros países. La realidad sigue siendo la misma a pesar de muchas décadas, a pesar de tener leyes que hemos conquistado como colectivo, como la ley de identidad de género o el cupo laboral travesti trans Diana Sacayán, que todavía no llega a la comunidad, que todavía no se termina de ejecutar, de implementar”.
Sus vidas se desarrollan en una constante violencia, abandono, rechazo social y estatal. Son expulsadas de todos los ámbitos y espacios, ya sea de sus hogares, en el sistema de salud, educativo y laboral. “Desde el primer momento que asumimos nuestra identidad de género que en lo particular se da en contextos de niñeces y adolescencia, y eso viene cargado de muchísimo abandono, de expulsiones tempranas de nuestro hogar, muchas de nosotras somos expulsadas de una primera institución que es el hogar siendo pequeñas, pero después también de todas las demás instituciones, como el sistema escolar, la justicia, el sistema de salud, de todas las instituciones. Entonces eso no ha cambiado en profundidad, todavía se sigue sosteniendo esta matriz fuertemente patriarcal y heteronormativa, que lo que hace es aplicarnos mucha violencia. Toda la violencia que cargamos sobre nuestros cuerpos que se traduce luego en muertes tempranas, en muertes evitables, lo que nosotras decimos, travesticidios sociales”, agrega.
Las personas trans y travestis tienen una expectativa de vida de 35 años y eso aún no cambió a pesar de los avances y las leyes que se implementaron. Su expulsión del sistema de salud las lleva a transformaciones físicas clandestinas para lograr tener una corporalidad que les es impuesta como estereotipo. La falta de trabajo y el incumplimiento de sus derechos las hace recurrir a las “esquinas”. “Esto no ha cambiado porque nos falta mucho, porque todavía no hay acceso al trabajo, porque todavía el 90 por ciento de las personas travestis y trans, hablando de las feminidades sobre todo, subsisten de la prostitución como único medio para sobrevivir, entonces todo eso es un cúmulo de violencia, que se traduce en enfermedades, en violencia institucional, en crímenes de odio. Ni hablar de la salud mental y física, todo ese combo, en la aplicación de siliconas industriales en nuestros cuerpos, para poder tener la corporalidad que nos imponen a través de estereotipos corporales que hay que seguir para parecer una mujer en los términos que se espera, porque de las travestis y trans no se espera que nos veamos como ciertas mujeres, que yo me parezca a mi madre, a mi prima, o a la verdulera, sino que se espera ver cuerpos de mujeres estereotipados, maravillosos, con esas curvas impresionantes, no se espera que la trava tenga tetas, sino que sea una teta caminando. Entonces todo eso conlleva a que para lograrlo, acudamos lógicamente a cualquier intervención en la clandestinidad, sin un estado que nos acompaña, porque hay un estado que no respeta la ley de identidad de género, porque no hay acceso a la salud, porque no hay acceso a la educación, y porque sobre todo, vuelvo a insistir, todo esto tiene un hilo conductor que tiene que ver con el sistema prostituyente”.
Para las travestis y trans el aislamiento social no llegó con la cuarentena. “El aislamiento a nosotras se nos fue aplicado históricamente, hemos sido aisladas y arrojadas a los márgenes de la oscuridad en la ruta, para después ser prostituidas. Para nosotras no es nueva esta palabra de aislamiento, ese miedo que hoy muchas personas tienen de salir de sus casas, nosotras tuvimos que dejarlo de lado, porque para nosotras, hoy, que muchas no tenemos casa, es un acto de supervivencia. Vos cuando salís a la calle no sabés si te pegan un tiro, si te matan, si te pegan, si te escupen, si te llevan presa. Seguimos sujetas a la violencia institucional, a la persecución, a la estigmatización. Entonces esto no cambia. Justamente tengo una compañera travesti que me dijo «yo no puedo sostenerlo más, estoy todas las noches parada en una esquina»”, dice Florencia.
La realidad travesti trans en Latinoamérica y principalmente en Argentina se basa en la falta de acceso a la vivienda, en donde viven de manera precaria y muchas veces no les alcanza para pagar el alquiler de una pequeña habitación en un hotel. “Hoy se ven amenazadas con ser desalojadas a la calle, si no es que tienen alguna plata guardada cuando lógicamente eso no pasa nunca, entonces tienen que recurrir a todas las noches en una esquina para tratar de hacer unos pesos para pagar ese alquiler, para comer, para vivir como cualquier persona. Es una situación muy angustiante para el colectivo, más allá y a pesar de que hoy está el Estado que ha creado un ministerio de mujeres, de género y diversidad… no alcanza, no se llega a vivir con los planes ni a potenciar el trabajo”.
Florencia cuenta que el estado les da un subsidio que si bien aclara que es algo que les sirve, no les alcanza para sobrevivir. “Ninguna persona puede vivir con $8500 mensuales. Es imposible, no hay manera de subsistir con eso. Hay que comer, pagar un alquiler, vivir y todo lo demás. Realmente es muy preocupante para toda nuestra comunidad lo que estamos atravesando. Ni hablar de muchas compañeras que viven en relaciones violentas o que también somos atravesadas por la violencia de género, tienen que estar encerradas con su compañero que muchas veces ejerce múltiples violencias, otras que tienen que estar lamentablemente en hostigamiento con las mismas familias que te desprecian, no respetan tu identidad, todo eso sigue pasando, sigue sucediendo”.
A pesar de que existe el cupo laboral trans en la Provincia de Buenos Aires y se está debatiendo en el Congreso para llevar a cabo la ley a nivel nacional, la inclusión para las travestis y trans es un camino largo. “No debemos caer en un discurso idílico de que ya está todo maravilloso, de que tenemos ley de identidad, de que la mente de la sociedad cambió, esos son discursos siempre desde la heteronormatividad. Nosotras seguimos y seguimos gritando que dejen de matarnos, encarcelarnos, reprimirnos, y violentarnos. Quién más que nosotras para saber lo que atraviesan nuestras compañeras. Todas nosotras, más allá de que muy pocas tenemos trabajo, seguimos atravesando un montón de violencias dentro de los ámbitos laborales”, declara Florencia.

Ella cuenta lo que vive con sus compañeras todos los días, asegura que falta trabajo, que sufren discriminación en todos los espacios, y que hace falta capacitaciones de la Ley Micaela con perspectiva de géneros y principalmente con perspectiva travesti. “En todos los lugares, no solamente en las escuelas, sino en los medios de comunicación, en todo tipo de trabajo, en absolutamente todos los campos que habitamos. Es urgente una ley de educación sexual integral aplicada y reformada. El cambio debe ser cultural, sino las leyes son letra muerta. Existe la ley pero no se cumple, tenemos ley de identidad de género pero no se cumple”, agrega.
En cuanto a la salud es una deuda que tiene el estado con la comunidad. “El acceso a la salud sigue siendo un parche, porque solamente se piensa en esto cuando hablamos de hormonización, el reemplazo de terapia hormonal, ¿y qué pasa con los cuerpos travestis que estamos llenos de aceite de silicona, que es un veneno que migra por nuestros cuerpos? ¿Por qué no podemos todavía erradicar esta costumbre de que las compañeras viven inyectándose aceite de avión de manera clandestina, que es un veneno que cuesta muy barato, porque es lo único que pueden acceder, cuando la ley de Identidad de género lo dice bien claro: «acceso integral a la salud», deberíamos haber ido a un médico, a un hospital público, y que la que desee pueda ponerse los implantes mamarios, la intervención que quiera para estar cómoda en su cuerpo en total condición de salubridad. Todo esto no pasa, entonces volvemos con la letra muerta. Tenemos cupo laboral de la ley Diana Sacayán en la provincia de Buenos Aires desde el 17 de septiembre del 2015, un mes antes de que asesinaran a nuestra compañera Diana Sacayán quien fue impulsora de esta ley”, explica.
Para Florencia hubo un gran avance durante estos últimos años pero aún falta mucho. “Yo creo que una sociedad justa es una sociedad libre de todo tipo de violencias de todas las personas, donde particularmente las travestis y trans seamos respetadas, seamos abrazadas, seamos contenidas, seamos incluidas, donde estemos en todos lados, en los medios de comunicación, en los trabajos, en una oficina, en el quiosco, en la mesas de los domingos de cualquier familia, donde los varones no tengan vergüenza de enamorarse o sentir atracción por una travesti trans. Ni hacernos vivir en la clandestinidad, donde estemos en todos los lugares, que ocupemos todos los espacios, porque somos parte de la sociedad. Porque somos amigas, somos hermanas, somos primas, somos amantes, somos familia, somos todo lo que la sociedad quiera seguir ocultando. Existimos, estamos, resistimos. Una sociedad justa va a ser el día en el que ninguna travesti más tenga que estar en una esquina siendo prostituida, que podamos estar en una esquina o en un banco de la escuela como cualquier otra persona, donde tengamos la posibilidad de amar en nuestros propios términos sin tener que preocuparnos, sin seguir siendo deseadas y amadas entre cuatro paredes, en lo privado y nunca en lo público, yo creo que hacia eso tenemos que ir, para ser una sociedad más justa, igualitaria, donde realmente se respete la diversidad de las personas, porque existimos y resistimos. Y que en este resistir se nos van cientos de miles de compañeras y de vidas travestis y trans desde hace décadas, y esto no se corta. Entonces yo sueño y voy a seguir luchando fuertemente para poder cambiar todos los días aunque sea un poquito la realidad de mi colectivo, la realidad de mis compañeras travestis y trans, siempre desde el colectivo, porque en la soledad no se puede hacer absolutamente nada”.
A.F
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